Florentina se llamaba aquella garza.
Cantaba serenatas en mi ventana,
me meneaba coquetamente sus alas,
se picoteaba el vientre… me miraba.
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Cantaba serenatas en mi ventana,
me meneaba coquetamente sus alas,
se picoteaba el vientre… me miraba.
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Florentina venía de vez en cuando.
Entró riendo a mi casa y jugamos cartas;
cartas duras, invisibles y doradas;
cartas tan tenues como sus aleteadas.
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Entró riendo a mi casa y jugamos cartas;
cartas duras, invisibles y doradas;
cartas tan tenues como sus aleteadas.
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Un día nos fuimos de paseo a una gran ciudad;
sin límites, ni semáforos, ni palabras.
Compramos un departamento frente a la plaza;
catamos 30 vinos, no abrimos la champaña…
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sin límites, ni semáforos, ni palabras.
Compramos un departamento frente a la plaza;
catamos 30 vinos, no abrimos la champaña…
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Florentina dejó de venir un día.
Abandonó la ciudad, no anunció su partida.
Dejó un par de fotos, lenguas carcomidas,
un beso agridulce, noches perras y vacías.
Abandonó la ciudad, no anunció su partida.
Dejó un par de fotos, lenguas carcomidas,
un beso agridulce, noches perras y vacías.
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